domingo, 17 de octubre de 2010

Damien Hirst, La muerte de Dios y La Nave de los locos, en México


Me gustan las cosas que destruyen la belleza

tanto como la belleza misma, y a veces hasta más.

Damien Hirst

Según una encuesta realizada a finales del año pasado por la revista estadunidense Art Review, Damien Hirst es en la actualidad el creador más influyente en la escena del arte mundial. Provocador por naturaleza, Hirst (Bristol, Inglaterra, 1963) irrumpió en el ámbito pictórico británico con su exposición In and out of love, donde cientos de mariposas tropicales tomaron por asalto la galería que la alojaba. Lideró la generación de artistas jóvenes ingleses, conocida simplemente como la Young British Artists, caracterizada por la iconoclastia, la transgresión y la premisa de que cualquier cosa puede ser arte.


Sus intereses como promotor cultural, curador y empresario galerista lo llevaron a Nueva York. Ahí, su fama se consolidó mundialmente al formar parte de la mítica muestra colectiva Sensations. El mismísmo Rudolph Giulianni intentó censurar la exposición ante lo descarnado e impactante de la propuesta de los jóvenes artistas. El objetivo se le revirtió al implacable alcalde neoyorkino, y Sensations se convirtió en un suceso no sólo artístico, también mediático, sin precedentes.


En 2004, Damien convulsionó de nueva cuenta a las buenas conciencias y los automatismos artísticos propios de estos tiempos, con su muestra The Last Supper, destacó su representación de la Última Cena: trece cabezas de ovejas despellejadas ocupaban el lugar de Jesús y sus doce apóstoles. Antes ya había escandalizado a la sociedad estadunidense al referirse a los atentados contra las torres gemelas como “una obra de arte, de gran construcción dentro de lo visual”. Un año después, fue el primer artista en invadir Marte: a bordo del transbordador Beagle mandó una obra minimalista al planeta rojo.


Después de varios años de espera, Damien Hirst presenta su obra Mors Dei ad meliorem comprehensionem vitae sine deo in nave stultorum en la ciudad de México. La primera muestra individual de Hirst en Latinoamérica es posible gracias a la Galería Hilario Galguera (Francisco Pimentel, núm.3, col. San Rafael, México, DF), que con esta estupenda muestra queda inaugurada y desde hoy se constituye como una verdadera opción para el arte propositivo y poco convencional.


La exposición La muerte de Dios, hacia un mejor entendimiento de la vida sin Dios a bordo de la nave de los locos consiste en 28 esculturas y pinturas realizadas ex profeso para ser exhibidas en la ciudad de México, según el propio artista británico. A través de obras como “La ira de Dios (el terror es belleza)”, un pequeño tiburón conservado en una pecera con formol; “Ave María llena eres de gracia”, un cordero despellejado en posición de rezo y con una biblia entre sus pezuñas delanteras; “Dios sabe por qué”, corderos abiertos en canal y crucificados de cabeza; y “El sagrado corazón de Jesús”, un corazón de toro con decenas de agujas, escalpelos y navajas de afeitar clavadas, Damien Hirst transmite, con una intencionalidad más allá de sólo querer pasar como un “maestro del escándalo”, su concepción de la aniquilación de los absolutos ideológicos y doctrinarios: “Las ideas mueren, y para bien o para mal son remplazadas por otras. Pienso que casi todas las concepciones de Dios nacen del sentimiento colectivo de un complejo paterno universal y que superarlo bien podría beneficiarnos”.


Hirst, como buen ateo, siente una preocupación interna y estética por lo divino y sus resultantes dogmáticas. En el existencialismo de Damien, no obstante a ser plasmado de manera tan descarnada, puede advertirse cierto dolor ante el vacío intrínseco al ser humano. La trascendencia espiritual, la vida más allá de la corpóreo, todas esas promesas religiosas para después de la muerte están encapsuladas en vitrinas de cristal, y el pesimismo de la finitud humana materializado en el referente crístico por excelencia: el cordero, animale muerto y “desnudo” que expone su más recóndita corporalidad para escupirnos a la cara la imposibilidad de la vida eterna; la más grande promesa del cristianismo queda subvertida, abierta en canal y expuesta ante los ojos de todos como la imposibilidad total.


“Dios ha muerto (confirma Damien Hirst), o en el mejor de los casos está sufriendo una crisis de identidad, y me parece que ello sería una buena explicación de mucha de la mierda que ocurre en el mundo actualmente. Nacemos de la tierra y volveremos a la tierra. ¿Qué podría ser superior a eso?”*

martes, 12 de octubre de 2010

El pecho, de Philip Roth


En 1969, Philip Roth escandalizó al amplio sector ultraconservador de la sociedad estadounidense con la aparición de su novela El lamento de Portnoy, la consideraron una descarada y grotesca apología de la masturbación. En 1972, el escritor nacido en Nueva Jersey (1933) y reconocido como uno de los principales representantes de la “escuela judía” de la novela norteamericana, volvió a la carga con otra historia de naturaleza sexual: El pecho, recientemente publicada en España y México por el Grupo Editorial Random House Mondadori.


En esta novela, Roth narra un extraño caso de metamorfosis. David Kepesh, Doctor en Literatura y reconocido profesor universitario, se convierte inexplicablemente de la noche a la mañana en un pecho femenino. Sí, una glándula mamaria de 73 kilos de peso capaz de razonar y hablar, con satisfacciones sexuales “propias” de cualquier seno: disfruta que lo froten, laman y, de pronto, ser estrujado; el asunto se complica cuando siente deseos de penetrar a su novia, o cualquier prostituta, con su enorme pezón rosado que realizaría las funciones del glande. Kepesh, en su nueva condición “que sólo podría aparecer, habría pensado uno, en un sueño o una pintura de Dalí” deberá sobreponerse a una delirante antinomia existencial, sexual y social.


El oficio sólido de Philip Roth, es decir, el de un narrador con gran solvencia de recursos para resolver cualquier “problema” narrativo que se plantee, convierte este argumento que podría pensarse de divertimiento o ejercicio de estilo burlesco en una novela breve de reflexiones sugestivas sobre la complejidad de la sexualidad humana y el prodigio del cuerpo como aseidad dominada por leyes inexpugnables y de dimensión enigmática. Pero también es una obra sobre las concomitancias entre literatura y la sublimación de los temores primigenios del ser humano.


No es difícil intuir que Roth supo al concebir su relato que éste necesitaba tratamiento fársico para eludir una insostenible racionalidad dentro de lo surreal de la historia. El humor negro y el sarcasmo son los elementos empleados con maestría por el autor para suspender el andamiaje en ocasiones fragil del drama en esta clase de propuestas temáticas “poco serias”. La metamorfosis que experimenta David Kepesh, por consiguiente, es una tragicomedia sexual que podría ser objeto de los hoy muy pasados de moda análisis freudianos.


En este sentido, incluso el propio Roth le pone trampas al lector para que dirija su atención a un solo aspecto interpretativo de su novela y desatienda otros más importantes. David intenta dilucidar por qué entre “todas las posibilidades de transformación” él había “elegido” mutar en un pecho femenino: “¿Por qué aquella primitiva identificación con el objeto infantil de veneración? ¿Qué apetitos no satisfechos, qué confusiones de la cuna, qué fragmentos de mi remoto pasado podrían haber chocado para provocar un delirio de semejante simplicidad clásica?

Las aseveraciones científicas no le son suficientes al protagonista para determinar las causas de su transmutación: “influjo hormonal masivo”, “catástrofe endocrinopática”, “explosión hermafrodítica de cromosomas” son términos huecos que no le satisfacen. Kepesh entonces busca explicarse su situación y presupone que se halla inmerso en una pesadilla profunda, producto de la demencia que le produjo la literatura, es decir, los estudios a detalle de obras como La metamorfosis, de Franz Kafka, y La Nariz, de Gogol.


Esta teoría alterna del advenimiento de la metamorfosis es lo que posibilita señalar a El pecho como una novela importante dentro de la creación narrativa de Philip Roth. La hipótesis sobre la “sobredosis de las grandes imaginaciones”, es decir, las enfermedades o las transformaciones físicas inducidas por la lectura apasionada de obras de la inspiración febril de grandes personajes de la literatura universal como Kafka, Gogol, Stevenson o Jonathan Swift, además de la convicción absoluta de que esos sucesos pueden ser perfectamente posibles y justificados por la viviencia extrema de las pesadillas traspoladas a los libros, nos permite inferir que estamos ante un escritor sumamente comprometido con su materia de trabajo, cuya obra en este caso trasciende la llaneza provocativa que aqueja a muchos otros autores que figuran en el medio literario.


Roth en El pecho intenta clarificarse y clarificarnos las posibilidades ulteriores de la literatura, su naturaleza primaria, que linda con la locura, la irracionalidad, y los alcances y consecuencias receptivos en los individuos que la hacen suya, así como el carácter abrumador de lo fantástico cuando se desciende a sus niveles más profundos.

La carrera literaria de Philip Roth es una de las más consolidadas y atractivas de la actualidad. Novelas como la ya mencionada El lamento de Portnoy, Cuando ella era buena, La conjura contra América, El teatro de Sabbath y El pecho, lo confirman.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El delirante Shinya Tsukamoto


Tetsuo: El hombre de hierro (Japón, 1989), ópera prima de Tsukamoto, es un palimpsesto cinematográfico delirante. Filmada en 16 mm, con presupuesto raquítico, y en un blanco y negro que, como pocas veces, exulta el onirismo y sondea las posibilidades súmmum del inconsciente, la película no esconde que su creador ha abrevado de los orígenes del cine expresionista, de Robert Wiene, por ejemplo; del surrealista, del ciberpunk más vociferante, de la escena glam de finales de los años setenta y parte de los ochenta y, por supuesto, de la psicosis lyncheana y las pesadillas orgánicas de Cronenberg.


Tsukamoto, pese a las limitaciones económicas para filmar su primera cinta y los riesgos inherentes del género gore, demuestra prurito de pensamiento y obra. Efectivamente, Shinya es un poeta de la imagen. Los primeros cinco o diez minutos del filme son una sucesión de imágenes hermandas en lo lírico con el futurismo poético de Filippo Tommaso Marinetti, es decir, la exaltación sinestésica de la belleza del metal, del encarnizamiento más agresivo y del industrialismo como absoluto, entre otros principios más sutilez. Después, la película desemboca en un rito orgiástico del advenimiento de la nueva estirpe: el ciborg, cuyo sino es dominar al mundo.


Tras un accidente automovilístico, un hombre empieza a sufrir una metamorfosis terrible: su estructura ósea paulatinamente se convierte en metal hasta que la piel abre paso al verdadero ser que lo constituye. En este trance, “El fetichista del metal”, personaje siniestro y retorcido, se encargará de explicarle el porqué de su transformación y su papel en el nuevo orden que ambos erigirán.


“Tetsuo” es una utopía febril de un mundo dominado por la tecnología y seres de acero, donde la fragilidad y lo perecedero de la carne es parte de un pasado de valores, relaciones e ideologías decrépitas. Tsukamoto construye un evangelio posindustrial, en el que su eccehomo ciberpunk debe sufrir lo impensable para después renacer en un superhombre, cercano al concepto que Nietzsche tenía de éste.


La Buena Nueva es la instauración de un paraíso tecno, de entidades adánicas que han superado las debilidades de la carne y las liviandades de espíritu. Por demás herética es la concepción y el alumbramiento del nuevo ser, que deviene en una santísima dualidad homosexual. “Tetsuo” cierra con una epifanía que augura sangre y destrucción, con la certeza de los personajes unidos orgánicamente de que su amor “destruirá este mundo de mierda para reinventarlo”.

lunes, 4 de octubre de 2010

EUROPA, VIEJA E INALCANZABLE EUROPA


El fin de semana Mita me propuso que la acompañara a Europa el año próximo. Como si fuera un viajecito de aquí a Cuernavaca y de regreso, pensé. En la economía de guerra en la que estoy sumergido desde el año pasado recaudar más de 50 mil pesos para unas vacaciones así, es imposible. Para ello tendría que vender algún órgano vital, pero dudo de que cualquiera funcione como para trasplante; los excesos son los excesos. La invitación removió deseos antiguos. Desde hace años me hice a la idea de que no puedo morir sin antes conocer la vieja Europa, por lo menos Florencia, la cuna del Renacimiento, del Quatroccento italiano; en una palabra, del arte moderno. Ojalá que se así, porque si no, regresaré de ultratumba y andaré como espíritu chocarrero. ¿Un fantasma insatisfecho? no, Mein Gott!

martes, 28 de septiembre de 2010

INDOLENCIA SONORA


Hoy comenzó la euforia por la presentación de U2 en México el próximo año. Mi desaliento y desánimo es tan grande en estos días, que no haré nada por conseguir un boleto a pesar de que soy fanático de la banda irlandesa desde la preparatoria. La indolencia me tiene de la mano y no quiere soltarme. Ni modo, que el rock me lo demande. Ojalá que sea un gran concierto.

lunes, 27 de septiembre de 2010

DIPLOMACIA ALIEN

Acabo de leer que la ONU nombró a la astrofísica malasia Mazla Othman "embajadora para el espacio". Su trabajo consistirá en ser la interlocutora entre extraterrestres y nosotros, en caso de que ocurra un contacto. En su papel como relacionista pública de asuntos ufológicos, ja, Mazla tendrá el poder para decidir cuáles serán los protocolos de respuestas a utilizar ante la 'eventualidad' de una visita de seres de otro planeta. La noticia alegró este lunes. Me permite seguir con mi sueño infantil de presenciar un contacto extraterrestre del cuarto tipo.

viernes, 6 de agosto de 2010

LA SANGRE LLAMA

Desde hace tiempo me habían recomendado Hellsing. Ayer que pasé al Blockbuster de la esquina para aprovechar la oferta de “Todas las rentas a 10 pesito”, me encontré con el volumen uno y dos de la serie anime, así que la renté entusiasmado. La primera actividad de este fin de semana será agotarla. Sin duda, la hiperviolencia y lo gore de Hellsing promete. Veremos qué rock, dijo Homero (No el Simpson, sino el helénico; aclaro).

lunes, 2 de agosto de 2010

SI DE PÉRDIDAS HABLAMOS...

Cuando era niño, perdí a un perro; ‘alguien’ dejó la puerta abierta de nuestra casa y Dobbie se salió para nunca volver. Ignoro cuál fue su suerte. Aún lamento su pérdida. El fin de semana crucé por una especie de parque y me di cuenta de que un perrito andaba perdido, se salvó de que lo atropellaran y se internó en ese parquecito en el que yo esperaba el camión. Noté que traía un collar con una placa, seguramente con su nombre y teléfono de los dueños. Intenté agarrarlo para llamar a los responsables del animal, pero el perro era desconfiado y esquivo como el diablo. No lo conseguí, se me dio a la fuga con rapidez propia de un cuadrúpedo. Camino a casa me reproché no haber capturado al perrito para salvarlo de un casi seguro atropellamiento, pero por lo menos lo intenté. Me hubiera gustado llamar a sus dueños y esperarlos a que vinieran por él y ver el rostro de satisfacción y alegría del niño o niña a quien pertenecía el perrito. De esa manera, infiero, hubiera subsanado aunque fuera un poco el extravío aún doloroso de Dobbie y hubiera salvado una vida perruna. No fue posible. Dobbie sigue perdido, para mi pesar.